(ES) La Razon - Cultura y Espectaculos
Coldplay se moja
Como si hubiese querido anticipar esa catarata a la que hace referencia «Every teardrop is a waterfall», sobre las siete y media llegó el diluvio. Primero fue una lluvia tímida, casi amable por aquello de refrescar la tarde, pero pronto se transformó en tormenta, mientras Rita Ora, primera telonera de la velada, se mantenía impasible sobre el escenario. «Está lloviendo», dijo, y siguió como si no fuera con ella, bajo un improvisado tejadillo, mientras el público desplegaba los paraguas (a pesar de la prohibición, se colaron unos cuantos) y en la entrada se disparaba la venta de chubasqueros. Empezó a correr el rumor de que Coldplay podía suspender. Nervios. Pero la nube se alejó a tiempo. El «show», ya saben, debía continuar.
Con todo vendido desde hace meses –las casi 50.000 entradas se agotaron en un visto y no visto–, Coldplay llegaban al Vicente Calderón para ratificar su estatus como la gran banda contemporánea de «stadium rock», la única capaz de mirar a la cara a U2 o The Rolling Stones, aunque sea desde el punto de vista de las cifras. Ya eligieron Madrid como escenario para presentar mundialmente el irregular «Mylo Xyloto», que en esta actuación defendieron casi al completo, por mucho que las críticas hayan sido más bien tibias con el quinto álbum del grupo británico.
Miles de seguidores esperaban desde primera hora de la tarde a las puertas del estadio colchonero, que en apenas cinco días deberá tener su césped impoluto para acoger la final de la Copa del Rey. En la prolongada espera hubo tiempo para hacer la ola, debatir sobre si eran mejores los primeros Coldplay o estos, decididamente entregados a un público masivo y, sobre todo, para cobijarse de la lluvia, que también quiso sumarse al espectáculo de Chris Martin (voz, guitarra y piano), John Buckland (guitarra), Guy Berryman (bajo) y Will Champion (batería). El tema central de «Regreso al futuro» marcó la cuenta atrás hacia el concierto, aunque lo cierto es que no hubo aquí ningún viaje, sino el presente de una banda que ha multiplicado su popularidad con cada lanzamiento.
La sintonía inicial de «Mylo Xyloto» sirvió como prólogo, dando paso a la ochentera «Hurts like heaven», tema que en directo se muestra bastante más convincente que en el álbum. Se resolvió de paso el misterio de las pulseras que la organización entregaba al público a la entrada, encendiéndose de forma coordinada para crear un vistoso mosaico de luz y color, rematado con fuegos artificiales. Simple, sí, pero con sobresaliente resultado. Y de inmediato atacaron la coreadísima «In my place», que se presentó con la conocida lluvia de confeti, efecto que se repetería varias veces a lo largo del concierto. El catálogo de trucos se completó con luces estroboscópicas, cinco pantallas gigantes en forma de círculo y una avalancha de globos con los que el público se lo pasó en grande, hasta el punto de casi perder el hilo de temas tan válidos como «Lovers in Japan» o «The scientist». Porque también hubo música, claro, aunque por momentos pareciese un elemento más dentro de un montaje consagrado al entretenimiento.
Épica musical
Himnos no les faltan, desde luego, aunque de calidad desigual, tendiendo a una épica que en ocasiones resulta más forzada de la cuenta, con el habitual desfile de ooh-ohhs y demás coros. Entre tanto, un Chris Martin agradecido y casi zalamero se dirigía al público en un esforzado español, dando paso a «Yellow», más eléctrica de lo habitual, y a la potente «Violet hill», uno de los mejores momentos de su repertorio, que luego se desinfló con la fallida «Princess of China», incluyendo la voz enlatada de Rihanna, y sobre todo con un tramo al piano que resultó fuera de sitio entre tanta artillería visual.
Unos oe-oe-oe-oe fueron más que suficiente para levantar al personal y recordarles que entre la vía lacrimógena que marcó sus inicios y el hedonismo reciente, Coldplay ha optado descaradamente por esta segunda opción. «Don’t let it break your heart» ejerció de puente antes de «Viva la vida», canción que ya hemos escuchado hasta la saciedad pero que sigue funcionando como el primer día. A partir de aquí, el concierto –algo rácano en duración, todo sea dicho– recuperó el pulso, con el notable doblete de «Charlie Brown» y «Paradise», lo más boyante de su último trabajo, demostrando que aún hay motivos para creer en Coldplay, como la banda de referencia del pop-rock más comercial que es, a pesar del patinazo que en líneas generales ha supuesto este «Mylo Xyloto», que en directo sale mejor parado que en disco. Ya en los bises, rescataron dos de los temas más celebrados de sus primeros trabajos («Clocks» y «Fix you»), para acabar montando una auténtica discoteca con «Every teardrop is a waterfall», que cumplió sin mayores sorpresas con su función de fin de fiesta, incluyendo, faltaría más, un nuevo surtido de luces, pulseras, confeti y fuegos artificiales. ¿Viva la vida? Pues que viva.
Marina, la dulce tragedia griega
Uno de los últimos números de la incesante maquinaria del Reino Unido es Marina & The Diamonds –en realidad una solista– que con su segundo álbum, «Electra Heart», ha liderado las listas de ventas en las que ya hiciera cumbre con el single «Primadonna». ¿La fórmula? Resulta difícil evitar las comparaciones con otras vocalistas femeninas más o menos rompedoras, y que cada uno juzgue si se parece más a Lady Gaga o a La Roux. Anoche, Marina & The Diamonds fue la elegida por Coldplay para abrir el concierto en Madrid y también para acompañarles en parte de la gira. «La verdad es que de momento sólo puedo decir que la comida que nos sirven es fantástica», dice con ironía. Marina Diamandis (ahí tienen el porqué del nombre de la banda) es, tal y como la calificaba un artículo del «Daily Mail», parte de una clase media británica procedente de barrios residenciales, educación privada y progenitores corredores de bolsa cuyos hijos se empeñan en ser cantantes. El padre de Marina es un académico griego que, después de pagar una de las mejores escuelas del país para chicas, a razón de 10.000 libras anuales, se resignó al verla abandonar la universidad por su carrera musical. Marina canta en el disco a esa dulce «y trágica vida amorosa. Y de cómo de decepcionante es el amor en la vida actual. He creado un personaje, y me cuesta admitirlo, pero en el fondo habla de mí», explica. Aún más, ha dado rienda suelta a los estereotipos del amor femenino a través de «cuatro personajes con distintas actitudes psicológicas». Su conversación roza el contrapunto cuandoexplica el título del álbum: «Lo del corazón de Electra es simplemente que me gusta un título frío, como creo que es mi aproximación al amor. La verdad es que sí he leído la obra griega y me parece que los textos mitológicos son una buena fuente de historias. Al pop se le exige que cuente verdades, y parece que si hablas de mitos es que estás adoptando una postura mentirosa, pero a mí me parecen más mentirosos los artistas que crean su identidad con disfraces más que con canciones».
Haneke, a por la segunda palma
Fumata blanca: Michael Haneke está planchando la pajarita y alquilando el esmoquin para recoger su segunda Palma de Oro. «Amour» se la merece más que «La cinta blanca», porque recompensaría un necesario cambio de registro en la carrera del director austríaco. Los detractores de su cine, que le han tachado de sádico y cruel y han subrayado su neurótica frialdad y su cósmica misantropía, se encontrarán aquí con un humanista como la copa de un pino, capaz de rodar la historia de amor más auténtica del cine reciente sin dar un solo paso en falso. A su lado, el Thomas Vinterberg de «The Hunt», con su tramposo cuento sobre un buen hombre falsamente acusado de pederastia, está condenado al olvido.
Anne y Georges Laurent (Emmanuelle Riva y Jean Louis Trintignant) son un matrimonio de octogenarios que parece entenderse más allá de las palabras. Una mañana, a la hora del desayuno, ella se queda en blanco, paralizada, incapaz de reaccionar. Se inicia la definitiva degradación de la vejez: encerrados en su apartamento parisino, asistiremos al dolor de Georges al cuidar a Anne, que acaba postrada en la cama, gimiendo, balbuceando como un bebé con demasiada memoria. La hija (Isabelle Huppert) cumple con sus visitas, llora desconsolada, sale por la puerta y retoma su vida.
«Amour» reformula el clímax final de «El séptimo continente», la ópera prima de Haneke. Hay en esa autocita una clara intención de volver a los orígenes, de reescritura de un discurso nihilista que sigue siendo devastador pero que, por primera vez, trabaja con personas y no con ideas. Es una película de una sencillez desarmante: la austeridad de la puesta en escena está al servicio del drama, rechaza cualquier tentación enfática. «No escribo películas para demostrar nada», explicaba Haneke. «Cuando se llega a cierta edad, el sufrimiento inevitablemente te conmueve. Es todo lo que quiero mostrar, no hay nada más. Por eso el rodaje se hizo en un apartamento. No quería entrar en una habitación de hospital para hacer algo que el público ha visto una y otra vez. Estoy muy contento de haber hecho una película simple».
Hundida en la miseria
Es imposible salir indemne de ver «Amour». La desnudez de su planteamiento pone las cartas sobre la mesa sin falsas coartadas. Trintignant y Riva están más allá de la entrega: no pueden existir dos actores que se comprometan más con sus personajes. Y es el compromiso con la vida, manifestado a través de los sacrificados gestos del amor, el verdadero tema de la película. Podría parecer que «Amour» trata de la decrepitud, la pérdida y la muerte, pero, en realidad, su título no engaña, y de lo que habla es de lo grande que puede llegar a ser un acto de amor. Haneke es implacable, por supuesto, y no nos ahorra ni uno solo de los gritos de dolor de Anne, y tampoco de la estoica paciencia de su marido, que le ha prometido que nunca la ingresará en un asilo. Entre esas cuatro paredes la vida de un hombre acaricia, protege, preserva la vida de la mujer a la que ama, y esa caricia, que también es una bofetada, se materializa en esta obra maestra absoluta, que ha elevado de golpe el tibio nivel de la sección oficial de este año.
Menos mal, porque Thomas Vinterberg no hizo más que hundirla en la miseria. En la rueda de prensa el director se hacía una pregunta clave: «¿Por qué creemos que los niños no pueden decir mentiras?». Pregunta que «The Hunt», poco más que un telefilme con ansias de controversia, pasa por alto porque todos los personajes dan por buena la acusación de pederastia que una niña demasiado imaginativa lanza contra un maestro santurrón. El linchamiento al que es sometido este personaje por la amable comunidad que antes le consideraba puntal de su estabilidad está corregido y aumentado por el huracán de desgracias que se acumulan sobre sus espaldas. Vinterberg haría bien en revisar «La calumnia», de William Wyler, para entender que el perdón no siempre resulta verosímil, por mucho que el noble y honesto hombre escandinavo, paradigma de la actitud civilizada, ponga la otra mejilla cuando la intolerancia castigue su dignidad.
Sin colmillos
Dario Argento (en la imagen) da saltos de alegría. En esta edición se ha anunciado a bombo y platillo el «remake» de «Suspiria». Por si fuera poco, en sesión de medianoche, Cannes estrenaba «Drácula 3D», su último atentado al buen gusto. Asociar la marca Argento con las 3D puede considerarse una operación comercial, pero es fácil augurarle un estrepitoso fracaso. Parece dirigida por otro: diálogos declamatorios, clasicismo de cartón piedra, actores sonámbulos, colores demacrados… Un desastre, vamos.
A las barricadas
A vueltas con la dictadura argentina, Benjamín Ávila ha excavado en sus propios recuerdos de familia para realizar «Infancia clandestina», que se presentaba ayer en la Quincena. Sus padres fueron revolucionarios Montoneros y la película intenta reflejar la experiencia de esa lucha a través de los ojos de un niño de doce años que vive su primer amor a la vez que tiene que aprender a vivir en un entorno donde la sensación de amenaza es constante. La mirada infantil endulza en exceso las peripecias de esta disfuncional familia, que cristalizan en un cuento de iniciación a la edad adulta que quiere tocar la fibra sensible a toda costa.
Fallece a los 62 años el cantante de los Bee Gees Robin Gibb
El cantante del grupo británico Bee Gees, Robin Gibb, falleció hoy a los 62 años tras una larga lucha contra el cáncer, informó su familia en un comunicado.
La leyenda del pop padecía cáncer de colon y el pasado abril estuvo hospitalizado en una clínica privada de Londres en estado de coma a causa de una neumonía.
Los familiares del Robin anunciaron el fallecimiento del músico "con gran tristeza"
Roman Polanski reaparece en Cannes en una alfombra roja pasada por agua
Polanski, del que ya se ha exhibido en el festival un documental sobre su reclusión domiciliaria en Suiza en 2009 y que presentará la versión restaurada de "Tess" en unos días, apareció rodeado de otros directores de cine.
Estaban con él, entre otros, el británico Ken Loach, el francés Claude Lelouch, el canadiense David Cronenberg, el brasileño Walter Salles, el iraní Abbas Kiarostami y el actor británico Jeremy Irons.
Todos ellos precedieron bajo una lluvia incesante a los miembros del jurado, con su presidente, el realizador italiano Nanni Moretti, que se exhibieron ante los fotógrafos guarnecidos bajo una enorme marquesina que, sin embargo, no cubría los famosos escalones del Palais de Festivals de Cannes.
El modisto francés Jean-Paul Gaultier, el actor escocés Ewan McGregor, la actriz gala Emmanuelle Devos o la actriz alemana Diane Kruger corrieron por la escalinata para no quedar empapados como resultado del diluvio que comenzó a caer en Cannes desde el mediodía y que deslució completamente un acto normalmente desbordante de glamur.
Y posteriormente aterrizaron en la alfombra roja la actriz francesa Isabelle Huppert, protagonista de la cinta de Haneke, acompañada de las otras estrellas del filme, los octogenarios Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, que ya deslumbraron en unas interpretaciones que se pudieron ver en el pase matutino destinado a la prensa.
Ernesto Alterio: España tiene que reelaborar su historia y aprender de ella
"He vivido toda mi vida en España, me siento más español que nada, y por eso puedo decir que España tiene que avanzar mucho en el sentido de reelaborar un poco su historia y aprender de ella", dijo a Efe.
"En Argentina es un hecho que se ha avanzado mucho en ese sentido", comentó en relación con la historia que aborda la cinta que dirige el argentino Benjamín Ávila, un relato desde la visión de un niño de 12 años, hijo de una pareja de montoneros que regresan del exilio a su país en 1979.
El protagonista infantil vive su edad en una clandestinidad que le obliga a disimular su identidad en el colegio y a compartir con sus progenitores y su tío un ideario político que define la trama de una historia que une el relato de un momento histórico con la visión y las inquietudes propias de un niño que despierta al mundo y se acerca a la juventud.
"Sí, se puede decir que los argentinos le dan muchas vueltas a todo, pero han podido elaborar un suceso, algo que pasó en su propia historia y se sigue dándole vueltas y creo que eso ha contribuido a sanear un montón de cosas", estimó Alterio a propósito de esta cinta, que propone una aproximación inusual al fenómeno de la dictadura militar argentina (1976-1983).
"Y yo creo que eso viene bien, poder elaborar ciertas cosas para pasar a un lugar de más unión, de no tanta crispación, un lugar más sano, más transparente", comentó Alterio al ser preguntado a partir del asunto que trata la película, en la que interpreta a Beto, tío del protagonista infantil, Juan, que encarna Teo Gutiérrez Moreno.
"Se habla mucho de transparencia pero hay muchas zonas opacas y oscuras", dijo el actor nacido en Buenos Aires. Sobre su papel en esta cinta -presentada en la Quincena de Realizadores, sección paralela del Festival de Cannes- contó que cree que la historia "gira en torno obviamente al chaval, el punto de vista de este niño de doce años (...) pero el personaje (el de Alterio) responde al arquetipo del tío, en el cual se apoya mucho el niño".
"Más allá de todo el contexto sociopolítico de la película, cuenta la historia del paso de un chaval de la niñez a la adolescencia y yo creo que en ese tránsito es muy importante la figura del tío, incluso más que la de los padres", contó.
"Me ha hecho acordarme mucho de mi propio tío", rememoró Alterio, que dijo que en la cinta se abordan "los tránsitos en la vida de un niño hacia el adulto". "Yo creo que lo que tiene de novedoso es el punto de vista de un niño de doce años y que es una historia contada por esa misma generación. Y eso imprime una mirada desprendida de ciertas cosas de culpa de la generación anterior hacia esta".
"Es una mirada muy interesante que creo que va a tener su efecto, sobre todo en Argentina cuando se pase", opinó el actor. Cree que lo interesante de la cinta "es que está contada desde un lugar muy humano, un lugar de las emociones más allá de las ideas, desde un lugar donde colabora con unir, con conciliar".
"No entra en un lugar estrictamente político, que siempre va a dividir. Sino que habla desde el punto de vista de las emociones. Es algo que sí que podemos rescatar en España porque es un momento que vemos que las ideas nos están dividiendo".
"Yo por lo menos creo que es importante otro punto de vista, que tenga que ver más con las emociones", afirmó Alterio, que dio un salto a Cannes desde Oviedo, donde interpreta en el teatro, de gira por España, la obra "Yo, el heredero".
Haneke aborda la muerte en Cannes con la estremecedora 'Amour'
La película, rodada en francés, cuenta la historia de un matrimonio anciano, ambos profesores de música, que disfrutan de una jubilación cómoda en París cuando Anne, interpretada por Emmanuelle Riva, sufre una apoplejía.
"Es una película muy potente y es un filme muy sobrio. Podría parecer casi un documental sobre este hecho terrible y muy doloroso", comentó Riva -conocida por su interpretación en Hiroshima Mon Amour (1959)-, en rueda de prensa.
"Es tremendamente sencilla, y por ser tan sencilla es tan poderosa", añadió la actriz. El marido de Anne, Georges, interpretado por Jean-Louis Trintignant, lucha admirablemente para adaptarse a una situación en la que Anne se deteriora. Pero Haneke se prodiga en mostrar la tristeza y banalidad de la rutina diaria que define su nueva vida.
Secuencias como en las que Georges ayuda a Anne a salir de la cama y ponerla en silla de ruedas, trasladan al espectador a ese mundo en la que dolorosamente somos conscientes de que la muerte está cerca.
En el pase de prensa previo al estreno de la película en la alfombra roja hubo lágrimas, y a juzgar por los tuits y los comentarios en los blogs de la crítica, Haneke se convierte en serio aspirante a la Palma de Oro, el máximo galardón del festival.
ABANDONO DE LA JUBILACION
Haneke convenció al veterano actor Trintignant, de 81 años, para que abandonara su jubilación e interpretara a Georges. Trintignant ganó el premio a mejor actor en Cannes en 1969 por el thriller político Z. "Sufrí mucho (..) pero estoy encantado con nuestro trabajo", dijo Trintignant. "Fue doloroso pero al mismo tiempo muy bonito".
Haneke, por su parte, ganó la Palma de Oro en 2009 con La cinta blanca -filme con la que también estuvo nominado al Oscar a mejor película de habla no inglesa- y es un habitual de Cannes.
El director aclaró que Amour no pretende ser una crítica de la senectud, ni del trato de la sociedad hacia los ancianos. En su lugar, se mostró orgulloso de haber hecho una película "sencilla" sobre una relación y su inevitable final. "Nunca escribo una película para mostrar algo", dijo Haneke.
"Una vez que llegas a una cierta edad de necesidad, tienen que hacer frente al sufrimiento de alguien al que quieres (..) es inevitable. Eso es lo que dio vida a este proyecto, no estaba intentando decir nada sobre la sociedad en sí misma", señaló el realizador.
Robert Rodríguez: "Machete Kills", con Mel Gibson, "va a sorprender"
"En esta película hay muchas cosas que van a sorprender", dijo a Efe Rodríguez (San Antonio, EEUU, 1968), quien admitió que en la primera entrega, protagonizada por Danny Trejo, se abordaba el tema de la inmigración en Estados Unidos "de una manera fácil de ver".
Sin avanzar mucho del contenido de "Machete Kills", Rodríguez aseguró que si la primera parte "hubiera sido muy seria, probablemente nadie la querría haber visto", pero admitió que el superhéroe latino que encarna Trejo volverá a las pantallas a petición de los espectadores.
"El público quiere otra película después de 'Machete'. Mucha gente que vio aquella película decía que le encantó y que quería ver otra", confesó el director de obras tan diversas como "Spy Kids" y "Planet Terror".
"Y tenía ideas para dos películas más (así que) ¡vamos a hacer Machete Kills!". señaló.
Rodríguez, de promoción en Cannes, que celebra hasta el 27 de mayo su Festival de Cine, aprovechó el podio que le presta este evento para hablar de la cinta, un clásico ejemplo de la recuperación del género de "explotación", cintas de bajo presupuesto que florecieron en la década de los setenta del siglo XX.
Es un género, comentó, que incluye cintas "que tienen un tema social" y que lo combinan con acción, humor, sexo y violencia, de tal manera que es posible "esconder las ideas que quieres decir pero en otro formato".
"Y puedes decir cualquier cosa porque en la superficie son solamente divertidas, aunque realmente tratan temas importantes", aseguró. Del reparto ya se sabe que Rodríguez cuenta con Mel Gibson, del que se confiesa un "gran fan desde sus películas de 'Mad Max'" y porque no le parece solo que es un buen actor, sino también "porque es un gran director y siempre quería hacer algo con él, era un sueño".
Rodríguez ya ha reunido para el filme, que se comenzará a rodar este mes, a nombres como Jessica Alba, Amber Heard, Michelle Rodríguez y Demián Bichir para esta secuela del que codirigió en 2010 junto a Ethan Maniquis sobre el personaje de Machete.
En esta ocasión el protagonista se alía con el Gobierno estadounidense para dar caza a un traficante de armas (Gibson) que planea el lanzamiento de un misil desde México. La colombiana Sofía Vergara interpretará por su parte a Madame Desdemona, un personaje vestido de cuero y rodeada de las prostitutas que trabajan para ella, que guardan una información que busca el protagonista, según lo que se sabe de momento del guión.
La cinta tiene el reto de superar a la anterior entrega, que contó con un presupuesto de 10 millones de dólares (7,8 millones de euros) y recaudó unos 44 millones (34,4 millones de euros) en todo el mundo.
Además de esta secuela, Rodríguez prepara "Frank Miller's Sin City: A dame to kill for", la continuación de "Sin City", que el director realizó en 2005 y que se ha convertido en un filme de culto.
La película llegará en 3D y Rodríguez contó que ahora la tecnología de las tres dimensiones está más perfeccionada, de manera que "podemos hacer trucos diferentes y la gente que va a verla va a decir que es una manera distinta".
"El estilo es diferente a cualquier otra" en 3D que se haya podido ver hasta ahora, aseguró el director, que se muestra "cómodo" filmando con esta tecnología.
"Creo que el 3D de ahora es nuevo y es una manera de mostrar al público algo que no puede ver en su casa y le da una nueva experiencia cinematográfica. Tenemos que ofrecer una experiencia mayor y diferente que la que se ve en el hogar", insistió.
